Hoy os contamos una experiencia como muchas que hemos tenido en la consulta y que os ayudará a aprender a encontrara el equilibrio entre la libertad y la responsabilidad.
Llegó un paciente con un cuadro de estrés, derrumbada por auto-exigirse demasiado. Quería llevar su trabajo con una total perfección para cumplir las expectativas de todos los que la rodeaban, a un nivel tan elevado que la había agotado. Comenzamos a trabajar en la terapia.
Su infancia, como muchas otras, no había sido complicada y su adolescencia, hasta su madurez, había sido maravillosa. Ella había experimentado una libertad y unos padres comprensivos que al apoyaban en todo lo que se atrevía.
Se había atrevido a coger su mochila y, durante un tiempo, viajó hacia donde el corazón se lo pedía, sin ningún rumbo fijo, con ganas de descubrir cada día un mundo nuevo, ayudando a la gente en el camino, incluso viajó al extranjero a países en los que no conocía el idioma, enfrentándose a todas aquellas circunstancias desconocidas. Pero se sentía bien, se sentía libre, hasta que sintió la llamada de la vuelta a casa.
Cuando llegó a su hogar cambió totalmente su vida, se puso a estudiar durante unos años, recogió su libertad, le puso orden y hasta la encerró de forma excesiva, hasta el punto de exigirse más de lo que puede su cuerpo y su mente, para demostrar a los demás que puede ser responsable y demostrarse a sí misma que puede llegar aún más lejos.
Estos cambios excesivos de una vida sin límites sin horarios a una vida totalmente estricta produjo en ella que sus emociones estallaran porque se estaba anulando como persona.
Encontramos el equilibrio cuando comenzó a fundir la sensación de libertad con las responsabilidades diarias, a no hacer su trabajo tan técnico y permitirse respirar, permitirse crear algo diferente cada día.”
Llegó un paciente con un cuadro de estrés, derrumbada por auto-exigirse demasiado. Quería llevar su trabajo con una total perfección para cumplir las expectativas de todos los que la rodeaban, a un nivel tan elevado que la había agotado. Comenzamos a trabajar en la terapia.
Su infancia, como muchas otras, no había sido complicada y su adolescencia, hasta su madurez, había sido maravillosa. Ella había experimentado una libertad y unos padres comprensivos que al apoyaban en todo lo que se atrevía.
Se había atrevido a coger su mochila y, durante un tiempo, viajó hacia donde el corazón se lo pedía, sin ningún rumbo fijo, con ganas de descubrir cada día un mundo nuevo, ayudando a la gente en el camino, incluso viajó al extranjero a países en los que no conocía el idioma, enfrentándose a todas aquellas circunstancias desconocidas. Pero se sentía bien, se sentía libre, hasta que sintió la llamada de la vuelta a casa.
Cuando llegó a su hogar cambió totalmente su vida, se puso a estudiar durante unos años, recogió su libertad, le puso orden y hasta la encerró de forma excesiva, hasta el punto de exigirse más de lo que puede su cuerpo y su mente, para demostrar a los demás que puede ser responsable y demostrarse a sí misma que puede llegar aún más lejos.
Estos cambios excesivos de una vida sin límites sin horarios a una vida totalmente estricta produjo en ella que sus emociones estallaran porque se estaba anulando como persona.
Encontramos el equilibrio cuando comenzó a fundir la sensación de libertad con las responsabilidades diarias, a no hacer su trabajo tan técnico y permitirse respirar, permitirse crear algo diferente cada día.”
No hay comentarios.:
Publicar un comentario